Aprovecho este programa de saltos para saludar a mi madre, que me estará viendo, a mi prima que vive en Móstoles, a mi hermano, que me rompió de pequeño el parchís, y a mi señora esposa, hola cariño.
Le decía ¡guapa!, ¡guapa!, y cuanto más le gritaba, más corría, cuanto más la piropeaba más saltaba: ¿era para huir de mis requiebros, de mí, sin saber que me llevaba encima?
En este boda no hablé con Orisa, como haría algún tiempo más tarde, pero le di a beber al novio el líquido que le permitirá escuchar de noche (sin inmutarse) conversaciones sobre caballos.
Salimos a un páramo perdido de la llanura castellana a intentar divertirnos. Como estábamos tan apartados, Andrés no pudo irse a casa sin que nadie se diera cuenta: se hubiera perdido en el bosque y se lo habría comido caperucita. Esta es la única foto que tenemos de él de fiesta.
Otra boda, pero en ésta decidí comunicarme espiritualmente con Orisa. Ella me iba a decir cómo guiar mi comportamiento a largo de la noche. Mientras me hacían la foto yo conversaba con tranquilidad fijándome en los belfos bellos de Orisa. Me dijo que subiera al escenario y que comunicara a todos la buena nueva equina: no necesité micrófono, pues tenía voz.